Isla Holbox

Tiburones ballena

Ésta es la razón de más peso por la que hemos venido a la Isla Holbox, una remota ínsula mexicana frente al extremo norte de la península de Yucatán y uno de los poquísimos lugares del mundo donde se puede nadar con criaturas del tamaño de un autobús urbano. La gente del lugar las llama “dominós”, por las líneas y puntos blancos que decoran sus lomos grises, y consideran a esos enormes monstruos como su animal totémico.

Ya en el barco, tenemos los ojos bien abiertos para ver estos tiburones, que a menudo superan los siete metros de largo y que, por lo común, se encuentran cerca de la superficie del mar, a varias horas de la costa de Holbox.

De pronto, distinguimos una figura oscura que se mueve en el agua. ¡Nuestro primer tiburón ballena del día! Aun cuando el turismo en torno a este animal todavía no se ha reglamentado, los biólogos que acompañan los tours locales se aseguran de que los visitantes los respeten: no se permite tocarlos y sólo dos personas pueden estar en el agua al mismo tiempo, nadando con ellos.

Nos colocamos con cuidado junto al gigantesco tiburón, que empequeñece a nuestro barquito, y nos zambullimos en el agua equipados con snorkel y aletas. Al sumergir la cabeza bajo el agua, casi nos atragantamos con el agua salada ante la increíble visión: con lentos movimientos de su cola, un dócil gigante del océano se desliza a nuestro lado, como un monumento ejemplar de la creación, con su intrincado diseño de dominó dispuesto a través de una cabeza ancha y plana que se equilibra, debajo de su cuerpo aerodinámico, con un vientre terso color crema. Diminutos en comparación con su inmenso cuerpo, sus ojos –apenas un poco más grandes que una moneda de 20 pesos– no parpadean siquiera frente a los dos escuálidos humanos que nadan cerca de él. Intento nadar al lado del coloso, pero me rindo al ver que desaparece en la penumbra submarina con unos cuantos movimientos gráciles de su cola.

Estos pesados seres, que se alimentan por filtración, barren el océano de junio a septiembre, partiendo de las islas de la bahía de Honduras, y pasan frente a Belice antes de llegar a las aguas periféricas profundas de la Isla Holbox, siguiendo las corrientes frías y el plancton, su alimento principal. Estos tiburones figuran en las listas de varias convenciones internacionales para la protección de especies amenazadas y en peligro, y rondan también las aguas de Filipinas, Pakistán, Australia y Japón.

En esta sesión, muy temprano en la mañana, hemos visto no menos de 20 tiburones ballena y cada uno de nosotros logró tener unos cuantos encuentros bajo el agua con ellos antes de emprender el regreso a nuestro hotel para el almuerzo.

La fisonomía de la Isla Holbox al amanecer contrasta fuertemente con la misma ínsula solitaria al medio día, cuando los vibrantes colores y el austero paisaje azotado por el viento se combinan con las aguas azul turquesa, las arenas blancas como azúcar glaseada y el penetrante cielo color añil.

La atracción de nadar con snorkel junto a tiburones ballena en su hábitat natural fue la seducción decisiva que nos atrajo a Holbox, junto con los fantásticos relatos acerca de delfines salvajes, veintenas de flamencos color rosado y tortugas gigantes de mar. Holbox nos parecía un prístino país de las maravillas… naturales.

Cuando nuestro barco zarpó del puerto de Chiquilá, en Quintana Roo, punto de partida para llegar a la isla, la realidad de la sensación de aislamiento se asentó y, al avistar Holbox, reluciente como un espejismo en la lejanía, una sonrisa tonta de contento se dibujó en nuestros rostros. Varios delfines nariz de botella en estado silvestre se acercaron a nuestro barco, al poco rato de iniciado nuestro viaje de 20 minutos, como una escolta enviada para darnos su alegre bienvenida.

Chiquilá está al norte de Cancún, a tres horas de viaje en el camino a Mérida, dentro de la Reserva Yum Balam, de 154,000 hectáreas, establecida en 1994 para permitir el control autóctono de la comunidad sobre el desarrollo sustentable de los recursos naturales de la zona. Yum Balam –que en maya significa “señor de la selva”– aloja diversos ecosistemas, como manglares cenagosos, sabanas, selva espesa y dunas costeras.

Holbox está en el centro de todo esto, rodeada de una aureola de aguas poco profundas, color aguamarina, que forma una laguna protegida, ideal para descubrir delfines nariz de botella silvestres y los cientos de especies de aves que pueblan un estuario en una arenosa isla vecina.

La buena vida

La vida de los 1,500 residentes humanos de Holbox sigue siendo como lo ha sido durante generaciones y está centrada en el mar. Los pescadores se levantan de madrugada y al amanecer ya están en el agua. Peces sábalo, macabí, palometa, robalo, barracuda y cubera roja habitan las aguas poco profundas y atraen a los aficionados a la pesca con cebo a tratar de atrapar peces que nunca han visto una carnada. La zona céntrica de Holbox tiene un radio de 10 cuadras de calles arenosas donde se han abierto varios almacenes pequeños, tiendas de víveres y una pizzería en la plaza principal.

En el centro turístico de Xaloc, un refugio rústico con 18 cabañas de techos de paja tipo palapa y hamacas de ensueño, los propietarios mantienen la tradición del lugar con gran respeto por la isla. Nacidos en Mallorca, Goncha Juan Sabater y Juan Félix Sánchez han creado un refugio sereno y natural donde los elementos naturales se conjugan con una agradable arquitectura primitiva. Las cabañas de Xaloc están rodeadas de vegetación tropical –por desgracia, una enfermedad ha arrasado con la mayor parte de las palmeras de la isla– y las entrelazan veredas ondulantes de arena suave como talco, tachonada de conchas.

Su entusiasta perra de manchas negras, llamada Luna, pasa todo el día persiguiendo los carritos de golf –el principal medio de transporte– que resoplan al pasar por la playa frente a Xaloc, en la que el turista puede recoger conchas a puñados y vadear hasta 800 metros en las aguas poco profundas. Lo más sorprendente es el pasmoso sonido del silencio.

Pasamos las primeras horas sumergiéndonos en esa paz y flojeando en la alberca, y conocemos a una pareja alemana que visita la isla por segunda vez en este año. El hombre no tuvo suerte en la pesca, pero eso no lo inquieta. Recuerda, riendo, lo que les dijo a sus compañeros de trabajo, cuando le preguntaron qué había hecho en Holbox: “Nada”, les respondió con una sonrisa, sin que una arruga o preocupación ensombreciera su radiante rostro. “Ésta es, justamente, la razón por la que hemos venido otra vez a este lugar”.

Para las aves

Al día siguiente, salimos rumbo a la isla que hoy es una reserva para aves, a 20 minutos en barco, y nos maravillamos al ver las nubes de flamencos color rosa que nos encontramos en el trayecto. Ya en la isla, trepamos a una desvencijada torre de observación, de madera, que nos permite llegar a la elevada punta de los árboles para gozar de una vista aérea de las aves marinas en sus nidos –pájaro bobo, pelícano, rabihorcado, garza real– y oír los ruidosos graznidos de sus polluelos.

Nuestra siguiente escala es el manantial Yalahao, un cenote selva adentro, alimentado por dos ríos subterráneos de agua dulce, al cual los lugareños llaman “la fuente de la juventud”. Los cangrejos azules del fango se escabullen en la orilla, al tiempo que pájaros amarillos y verdes se lanzan como dardos entre la espesa vegetación. Peces pequeños absorben las algas que crecen en los troncos. El agua fría produce una deliciosa sacudida en nuestros cuerpos y nos turnamos para mirar bajo el agua, con un snorkel, en el sitio donde brotan los ríos dentro del manantial.

Más tarde anclamos mar adentro, nos ponemos los snorkels y las aletas, y nos aprestamos a cazar nuestro almuerzo. Mi intento acaba en un triste fracaso, pero Goncha sale a la superficie con una enorme estrella de mar anaranjada y me invita a tocarla antes de devolverla al fondo del océano. Juan Félix ha capturado caracolas –muy apreciadas por su carne de sabor dulce– y en la proa del barco preparamos ceviche fresco con tomate macerado, cebolla, chiles jalapeños y jugo de lima.

Aventura a la medianoche

Mi viaje final –una aventura a la medianoche– viene después de una sabrosa cena ligera de langosta fría servida con rebanadas frescas de mango y melón jugosos en el restaurante de Xaloc, Maja’che. Armada con una mochila llena de agua embotellada y un repelente de insectos, de un salto abordo la panga de lámina de metal y me uno a un grupo de intrépidos biólogos marinos que van a documentar el arribo anual de las tortugas de mar gigantes. Nos internamos a toda velocidad en la oscuridad, haciendo que el fulgor del plancton fosforescente marque una estela espumosa y brillante a nuestro paso, y vamos en busca del aislamiento total y del increíble fenómeno de las tortugas que regresan a sus playas de origen para anidar.

Hasta hoy, nunca había visto de cerca una tortuga marina gigante, y mucho menos a una en el trance de desovar. Sin embargo, al cabo de varias horas y tras un viaje de unos ocho kilómetros por las desiertas playas del norte de la isla, me encuentro sentada bajo el misterioso brillo de la luna en las frías arenas color hueso, atestiguando cómo esta enorme criatura arroja un centenar de huevos del tamaño de pelotas de golf.

La tortuga, que mide más de un metro y tiene varios cientos de kilos de peso, lanza leves quejidos y jadeos sin prestar atención a la gente que se congrega en torno suyo a las tres de la mañana, estando la luna ya muy alta en el cielo sobre la palidez fantasmal de Holbox.

Biólogos voluntarios regresan todas las noches en la temporada de las tortugas –de mayo a septiembre– para contar los nuevos nidos y asegurarse de que los huevos no sean hurtados por cazadores furtivos.

Esa madrugada, antes del alba, vimos a no menos de seis tortugas depositar allí a sus descendientes.

Cuando el sol se asomó en el horizonte y la última de las exhaustas tortugas se internó con gran esfuerzo en el oleaje de la mañana, emprendimos el regreso –cansados pero contentos– mientras los pobladores de la isla despertaban para iniciar otro día en el agua.