La Magia de Oaxaca

Escritores, pintores, cineastas, músicos, estudiantes de español y cientos de visitantes llegan a la ciudad de Oaxaca cada semana. Muchos regresarán y algunos otros, fascinados, harán de ella su nueva ciudad, al menos por un tiempo.

Además de las siete regiones que conforman el estado, hubo quienes me hablaron de otra, la octava región. Una soñada por seres peregrinos.

En su obra maestra, Bajo el volcán, para Malcolm Lowry la palabra Oaxaca “era como un corazón roto” –allí marchó el cónsul, protagonista de la novela, tras divorciarse de su mujer–. Sin embargo, para Italo Calvino, en su libro inconcluso Bajo el Sol Jaguar, Oaxaca fue el lugar donde la pasión por su mujer volvió a renacer, después de degustar unas gorditas en manteca, en algún restaurante de la región. El propio Nietzsche, aunque nunca la visitó físicamente, declaró que Oaxaca reunía todas las cualidades apropiadas para recuperar su salud y en su cama, convaleciente, soñó con vivir en ella.

Pero no sólo imaginan Oaxaca sus visitantes, sino también, y más importantemente, sus lugareños. Gracias a la labor de sus pintores, en especial del maestro Francisco Toledo, esta ciudad es, hoy en día, uno de los centros culturales más destacados del país y del continente. Además de su patrimonio prehispánico y colonial, tiene un proyecto, una visión del futuro en la cual todos –y hablo de todos– pueden tener acceso a la cultura propia y a la del resto del mundo.

Iglesia de Santo Domingo

En la cotidianidad, al mirar la obra de un pintor se nos puede escapar el hecho de que el arte es un arma muy poderosa para cambiar la sociedad. Cómo vemos las cosas en el mundo de hoy día se debe, en gran medida, al trabajo de los artistas del siglo XX, que tomaron el papel de revolucionarios y dejaron de ser simples “decoradores de paredes de las clases altas”. Algunos abandonaron directamente la pintura para dedicarse a la labor social, creando una nueva fluidez entre los campos de la literatura, la música, las artes plásticas, el teatro y la vida cotidiana. Durante los últimos años, los pintores de Oaxaca han hecho de su ciudad un soporte para expresar sus ideas sobre el arte, la vida y la sociedad… viejas ideas que hablan de igualdad y libertad.

Cada vez que regreso, la ciudad es más hermosa. En esta ocasión sentí algo diferente, sin saber muy bien qué era, hasta que me indicaron que ya habían soterrado todo el cableado eléctrico en el centro. Ahora los edificios coloniales no se ven tachonados de líneas negras, ya no hay postes por las calles. Los trabajos de limpieza de la Catedral han acabado y el edificio luce en todo su esplendor. También está bellísimo el Convento de Santo Domingo de Guzmán, con su museo regional. A su lado, el Jardín Etnobotánico, donde se puede apreciar la variedad biológica del estado en un entorno cuidadosamente arreglado. Todo este embellecimiento se debe principalmente a la labor de algunos de sus habitantes más prominentes y destacados: además de Toledo, están Antonio Morales, Luis Zárate, Sergio Hernández y José Villalobos, entre otros.

Casualmente, todos ellos son artistas. Cierto, Oaxaca es una ciudad que ha sido transformada a la vanguardia por sus pintores.

Desde la instauración del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca –IAGO–, en 1988, fundado por Francisco Toledo, la infraestructura cultural de la ciudad no ha hecho sino crecer y mejorar. El Instituto está situado frente a la Iglesia de Santo Domingo, en una preciosa casa colonial que perteneció a Toledo. Cuenta con una de las mejores colecciones de libros de arte de todo México y con el archivo de grabados y dibujos más importante del país. Asimismo, hay secciones de arquitectura, cine, diseño y literatura, y varias salas de exposiciones temporales; todo ello enmarcado en un entorno cómodo, silencioso y propicio para el estudio y la ensoñación. Y, además, gratis.

También es gratuito el cine en el cineclub El Pochote, donde todos los días, menos los lunes, se proyectan películas interesantes, reunidas por lo general en series temáticas. El Pochote está escondido tras los arcos del acueducto construido por los frailes dominicos y, como la biblioteca de artes gráficas, fue –en su momento– domicilio de Francisco Toledo. Cruzando el acueducto aparece un patio presidido, a su izquierda, por un hermoso pochote, emblema del cineclub. En otra esquina, algunos jóvenes están tejiendo pistolas de estambre para una instalación –supongo que en contra de la guerra– que dará comienzo al día siguiente. Aparte de las películas, aquí se exhiben trabajos audiovisuales de los artistas que lo solicitan, se realizan instalaciones y performances o, simplemente, se disfruta de la serenidad de su patio.

Serenidad que contrasta con el bullicio del mercado donde me gusta, siempre que vengo, comprar mole y bolsas de hule del puesto de Almita, con sus ilustraciones chistosas de chiles y semillas, vírgenes de Guadalupe, o Adán y Eva recién expulsados del Paraíso. Las calles de Oaxaca, estrechas y de poca sombra, no suelen reunir muchedumbres y son fáciles de transitar, con excepción de las que rodean el mercado, el zócalo y la esquina que forman las calles Independencia y Reforma, donde se encuentra la Proveedora Escolar. Fundada hace más de 50 años por Ventura López Sánchez, un maestro oaxaqueño, esta enorme y cada vez más exitosa tienda de libros merece una larga visita. Pasando la aglomeración de la planta baja, donde se venden los materiales escolares, subiendo por unas escaleras se encuentran dos pisos de libros organizados en todas las secciones imaginables.

Siendo una pequeña capital de provincia, Oaxaca ha llegado muy lejos. Para muchos extranjeros es una especie de “ciudad de culto”, aún no tan visitada como Venecia, digamos, pero igualmente soñada y rememorada. La enorme cantidad de hoteles, restaurantes, galerías y tiendas da crédito del número de gente que la visita. Todos venimos a descubrir cuál es exactamente el hechizo de Oaxaca. ¿El cielo espectacular, la cantería verde de sus edificios, el mezcal, la gastronomía, la Proveedora Escolar?

En esta ocasión nos hemos hospedado en un hotel pequeño cerca del centro, la Posada María Lombardo donde organizan seminarios de historia y cultura. Llegamos allí anocheciendo, después de una larga y deliciosa cena en el Hotel Casa Oaxaca. Cansados, pero sin querer que el día deje de ser día, charlamos un rato en el patio del viejo caserón, que tiene unos 200 años.

Todavía Oaxaca nos quiere sorprender y la tierra se pone a temblar, pero sólo un poco.